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Rincón de la entropía
Con tan sólo 23 años, García Lorca escribía aquello de “si muero, dejad el balcón abierto…”. No sabía que quince años después, las ventanas de Granada quedaron abiertas, como un grito de dolor desgarrado en una madrugada fatídica en la que la muerte se coló entre Alfacar y Víznar. Junto a él, fueron asesinados más de 5.000 granadinos en el conflicto que duró tres años.

Pero él fue el muerto más célebre. Por sus versos, por su poesía y por lo trágico que envuelve a toda su obra o tal vez por el genio, que fue más poderoso que los fusiles que en una noche de agosto intentaron silenciar las palabras, las únicas armas que el poeta era capaz de esgrimir.

Muchas veces, como esas voces del Riverside Park que García Lorca recoge en su poema, nos hemos preguntado cómo fue su muerte. “¿Cómo, cómo fue?”. “Así”, contestaría escuetamente el poeta, para añadir “El mar deja de moverse”. Las últimas horas de García Lorca serán una incógnita que ya nadie podrá resolver. Aunque el poeta parecía tener siempre presente que su final sería algo trágico.

Contaba Neruda en uno de sus libros autobiográficos que García Lorca tuvo un “preconocimiento” acerca de su muerte. El granadino contaba que una noche, en un pueblo de Castilla donde estaba junto a los artistas de “La Barraca”, esa compañía que se dedicó a llevar el teatro a todos los lugares de España durante la República, el sueño se le resistía. Y que se levantó a andar por los alrededores. Junto a un gran portón de hierro de una finca, Federico sintió un gran agobio hasta que llegó un pequeño cordero a hacerle compañía. De pronto, una piara de cerdos llegó al lugar y despedazaron al cordero. Federico ordenó inmediatamente levantar el campamento y salir de allí.

La Muerte, tan presente en la obra lorquiana, se encaprichó del poeta y se lo llevó pronto. Pero era una muerte educada. Como esa que en Bodas de sangre clamaba “Dejadme entrar. ¡Vengo helada/por paredes y cristales/ ¡Abrid tejados y pechos /donde pueda calentarme!”. Una muerte que no quiso que el poeta se perdiese, porque el poeta desapareció hace ya setenta y dos años, pero no sus escritos ni su música. Aquellos que quisieron acallar los versos de ese “rojo maricón” no pudieron ver cumplido su cometido.

Y es que cualquiera que se acerque a la obra de García Lorca queda irremediablemente atrapado en las redes de sus letras. Desde el niño que escucha en la cuna la canción de La Tarara mientras lo acunan para dormirlo, hasta el que en el colegio recita de carrerilla la Baladilla de los tres ríos (Guadalquivir, alta torre…) o quien acude a un teatro a ver La casa de Bernarda Alba, esa obra que recoge la vida cotidiana de los patios andaluces en los años 20. Esa obra que el propio Federico nunca llegó a ver en escena: se estrenó en Buenos Aires nueve años después de su muerte.

La obra de Lorca no duerme. “No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. / No duerme nadie. / Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.” Como rondan los versos del poeta granadino las conciencias y el subconsciente de quienes alguna vez han estado en contacto con ellos.

Por ello, cada agosto, en estos días, las ventanas de mi casa siempre están abiertas. Para que el poeta sienta que su petición no fue en vano.


*Publicado originalmente el 18/08/2008 en ElPlural

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