Reto Bradbury #5: Seis con treinta y ocho

Reto Bradbury #5: Seis con treinta y ocho


David trabaja cada día de tres a nueve en un supermercado. No entiende de grandes finanzas ni inversiones en bolsa. David ve desfilar ante él a cientos de personas cada día, pero tiene tiempo para evadirse y pensar. David mira el reloj cada sábado cuando son las nueve. Con un poco de suerte podrá ver el partido casi entero. Con un poco de suerte cogerá el bus de las diez menos cuarto y llegará a casa a las diez y cuarto. David siempre mira a los ojos cuando saluda a los clientes, pero pocas veces le corresponden. Mientras pasa los productos a través del lector láser reconstruye la vida de los compradores. David envidia a los estudiantes que cada jueves ahogan las preocupaciones en alcohol y se compadece de la anciana que vive sola, sin visitas imprevistas ni regalos de los nietos.
A veces sueña con viajar en una bolsa de plástico, junto a los cosméticos y los fresones, pero su horario es demasiado estricto. Se sabe de memoria las ofertas de la semana y la ubicación de cada uno de los productos, pero nadie le pregunta. David sueña con susurrárselo a la morena que va a comprar cada jueves a las seis y cuarto de la tarde. Con hacerle un mapa del tesoro para indicarle donde están las galletas y los yogures y buscarlos juntos. Regalarle una bolsa llena de diamantes y derretírselos lentamente en su espalda. David quiere dejarle un mensaje oculto en el ticket de la compra, pero ella lo guarda sin mirarlo. Inventa anagramas con los que declararle su amor en la lista de la compra, con combinaciones imposibles entre pan integral, champiñones, cerezas, champús, cremas corporales y bandejas de pollo fileteado, siempre muy fino. David suspira y la morena resopla con prisa mientras guarda la compra en bolsas. David se demora en darle el cambio y centra su atención en la yema de los dedos cuando le da la vuelta. Ella cierra la palma de la mano y se aleja con las bolsas y un taconeo que repica en la cabeza de David durante toda la tarde. Cada noche cuenta los pasos en su mente, al ritmo de los pies de la morena y se promete que correrá tras ella la próxima semana. 
David duerme en el lado izquierdo de la cama y mira el hueco que queda. Los jueves se le antoja inmenso. El resto de días es capaz de soportarlo. A veces mira somnoliento y encuentra un cuerpo de espaldas. Pero sabe que no se quedará para siempre. David desayuna solo y sólo lee la última página del periódico. Prefiere los versos de Cernuda pero no tiene tiempo para degustarlos. David mira el reloj y cuenta los segundos que faltan hasta la hora del cierre. Mira de reojo hacia la puerta y un bote de mayonesa se le cae de las manos. La morena no viene sola. David suspira agonizante y su mirada se encuentra con unas gafas cómplices tras las que se esconden unos ojos grandes y curiosos. David se pregunta cómo serán esas pupilas en la oscuridad mientras guarda unos melocotones en la bolsa. La dueña de los ojos espera el cambio y se despide con una sonrisa. David mira al techo y acaricia la almohada con el dorso de la mano. Se castiga por su torpeza y sueña con melocotones y hierbabuena. 
David duerme y la dueña de los ojos sigue desvelada. Ha encontrado un mensaje secreto en el ticket de la compra, pero no se atreve a descifrarlo. Seguro que es una casualidad, insiste obstinada. David pierde el primer autobús y debe esperar diez minutos para coger el siguiente. Junto a él se sienta una joven con un libro de Cernida. Intenta leer algún verso, "si el hombre pudiera decir..." y unas manos pasan la página. David pasa por el lector láser paquetes de servilletas, botes de café, sobres de sopa y envases de pasta de dientes. 
A la hora de cerrar dos tabletas de chocolate con menta llaman su atención: reconoce el anillo en el pulgar que sostenía el libro de Cernuda. Los ojos grandes y curiosos lo miran preguntando en silencio. David no se atreve a contestar.

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