Reto Bradbury #1: Y el muerto en el entierro

Reto Bradbury #1: Y el muerto en el entierro


Juliana no se había perdido un entierro desde que tenía uso de razón. Comenzó yendo con su madre, ambas vestidas de negro impoluto, con una tosca pero cuidada mantilla sobre la cabeza. Juliana se sentaba en el banco y seguía atenta el espectáculo: los llantos, los suspiros, la letanía de los rezos y la parafernalia impostada del entierro. Cuando llegaba a casa volvía a jugar con la única muñeca de tela que tenía, remendada y llena de costuras, mientras repasaba mentalmente el Confiteor y esas líneas que se le atascaban.

El repique a duelo se convirtió en una llamada hipnótica que la llevaba a todos y cada uno de los sepelios. Jamás faltó a uno. Cuando murieron sus padres se sentó en primera fila, dejando escapar algunas lágrimas como marcaba el protocolo que tantas veces había visto. De tantas veces que lo había presenciado había perdido el sentido. Pero tenía que cumplir, al igual que muchas otras hijas antes habían representado ese papel de dolorosa. Porque es lo que hay que hacer.

La iglesia estaba situada en el centro del barrio, frente a la tienda de avíos del señor Joaquín y la mercería de Dolores. El campanario sobresalía del resto de casitas que rodeaban el pequeño templo. Cuando las campanas sonaban, los vecinos dirigían su vista hacia ellas como queriendo descubrir la identidad del muerto con el movimiento rítmico del tañido. Las mujeres mayores se santiguaban y bajaban la cabeza, pensando ya en dónde se sentarían esa tarde durante el entierro.

Juliana acudía despacio a la cita y cumplía el ritual al completo: primero se acercaba a los dolientes, normalmente los hombres de la familia, y les daba el pésame. Era en ese momento donde decidía en qué lugar se sentaba. Desde pequeña le habían enseñado que tenía que elegir bien el sitio: además de ir al entierro tenía que hacerse ver. Y cuanto más cercana estuviera a la familia del fallecido, más cercana al altar debía sentarse. De niña eso le incomodaba: prefería sentarse en los bancos laterales, donde tenía una vista casi completa de toda la iglesia. Desde allí podía observarlos a todos sin que se dieran cuenta. Fue así como descubrió que Julián y Dionisio no echaban dinero al cepillo de la iglesia a pesar de ser quienes más se enorgullecían de ello en la taberna. También se dio cuenta de que la señora Carmen siempre llevaba la misma falda, con los bajos sacados, desde hace años, cuando el entierro era de alguna familia de bien del pueblo. O que los niños de Catalina se dedicaban a apagar las velas de las pequeñas hornacinas de los santos cuando nadie miraba. Y poco a poco comenzó a echar en falta algunas de las caras que llenaban los bancos. Ese día, sin ir más lejos, la Espe había cambiado el banco de la sexta fila por el ataud que presidía el altar.

Aunque su madre le había inculcado la importancia del asiento, con el paso de los años se atrevió a hacer un cambio. Y comenzó a sentarse donde le venía en gana según su estado de ánimo. Los días en los que le apetecía hacerse ver se colocaba junto al pasillo. Incluso hay días en los que se acercaba al padre Manuel para ayudarle a pasar la canasta de la colecta. Sin embargo, los días en los que se sentía triste, los reservaba para los bancos laterales y su escrutinio de los vecinos.

Juliana era callada y correcta. Las vecinas la consideraban una mujer piadosa, precisamente por su asiduidad en la iglesia. Pero en el fondo, Juliana no se consideraba buena cristiana. Ni cristiana a secas. No guardaba las fiestas ni iba a misa por convicción. Simplemente lo hacía porque es lo que hay que hacer, como siempre le habían dicho.

Y ahora, asistiendo a su último entierro, piensa sobre toda la pantomima que rodea este momento. Y si hay algo más allá. Desde la caja, con los ojos cerrados, no acierta a ver mucho más. Se pregunta quién será la que ocupe su lugar, allí en el banco de la esquina, recitando como una cantinela todos los salmos mientras está observando a los vecinos y descubriendo esos pequeños secretillos que todos ocultan.

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