Nos vamos

Lucía está en el suelo. Su cabeza cae de medio lado sobre la alfombra. Tiene el pelo lleno de pelusas que se mezclan con sus cabellos. Lucía no se queja. No habla. No grita. Ni llora. Yo tampoco. Daniela se ha ido hace un rato. Ha dejado a Lucía tirada, después de zarandearla y darle algunas patadas. En sus ojos no había odio. No había expresión alguna. Sólo el vacío. No se inmutó cuando el hombro de Lucía se dislocó, quedando en una postura salvaje. No se preocupó por levantarla del suelo cuando quedó allí tirada. Simplemente se fue. Corriendo. Como si nada hubiera pasado… 

Observo a Lucía, que me devuelve la mirada desde el suelo. La cojo con cariño. Siempre había sido la muñeca favorita de Daniela. Siempre jugaba con ella. Era su preferida entre las demás. El resto de muñecos podía esperar, pero Lucía no. 

Todavía recuerdo aquel día como si fuera ayer. La primera vez que jugó a “los papás y a las mamás”. Todo comenzó como un juego inocente, como todos hemos jugado alguna vez. Hasta que comenzó a alzar la voz. Daniela jugaba sola, al principio, muy bajito, como si le diera vergüenza reproducir ese ritual que alguna vez había escuchado desde detrás de la puerta. Después, le gritó. Ese fue el primer día. Y no tuve fuerzas para decirle nada. Porque sabía que no era más que lo que había aprendido en casa. No podía recriminarle que no hiciese eso porque ello lo vivía de cerca. No tenía autoridad. No ese día, cuando todavía me dolían el alma y las costillas… 

Una lágrima cae en la cara de Lucía. Es mía. De pronto me siento tan frágil como esa muñeca. Llena de remiendos, con el vestido roto y los brazos doblados. De pronto veo que toda mi vida no he sido más que un juguete roto. Que la pasión y los besos se apagaron. Que las promesas se rompieron como cristales y ahora se me clavan en el corazón. Que ya nada volverá a ser igual. Ahora me doy cuenta de que tengo el alma llena de puntadas que han intentado arreglar los golpes y no han servido para nada. Que para mí no hay piezas que puedan reemplazar las que ya se han quebrado. Y para Daniela tampoco. 

Tengo que salir de esta casita de muñecas. Tengo que dejarlo todo, pero no tengo fuerzas. No las encuentro. Tan sólo de noche, cuando veo a Daniela dormida en su cama pienso en abandonarlo todo. En que puede haber un lugar mejor lejos de este tormento. Donde nadie me juzgue por lo que he callado. Por lo que he soportado. Un lugar al que huir lejos con mi muñequita. Las dos juntas. Las tres. Porque Lucía también tiene derecho a vivir una vida nueva.

Marina Montes

Periodista. Lectora voraz. Un poco friki y un mucho geek. Apasionada de las letras. A veces intento escribir cosas, pero no siempre lo consigo.

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