Cosas de familia

Encendía un candil tras otro, con sumo cuidado para que la llama no prendiese la pared. Lo hacía de forma mecánica "¿Cuántos años hace que hago esto cada noche?" - se preguntaba Mateo.

De pronto escuchó un susurro en la habitación. Demasiado grave y familiar, demasiado solemne para las estancias privadas de la Infanta. Poco a poco, la voz fue cobrando forma a medida que acercaba la oreja a la puerta.

- Como podréis ver, alteza, es un plan perfecto.

- No quiero que haya ningún cabo suelto. Es mucho lo que arriesgamos.

La voz que replicaba era aguda e insolente, como el sonido que hacen las ratas en la noche.

- Lo sé, excelencia, también yo.

- No, vos no. Yo - enfatizó - pierdo dos imperios, una familia un emperador y un rey. Vos tan sólo perderíais vuestra vida si algo se complicara.


- Visto de ese modo. Sí. Pero también deseo que nada falte. Recordad que alguien tendrá que llevar las riendas políticas del imperio. Al menos hasta que seáis capaz de hacerlo vos - titubeó al sentir la mirada de la infanta clavándose en su nuca-. Sabéis que siempre os seré fiel.

- ¿Igual que a mi padre? - inquirió la Infanta levantando una ceja.

- Alteza - contestó la voz con un suspiro- vuestro padre me nombró Conde. Es algo que he de agradecerle siempre. Pero si hago lo que me pedís es porque os aprecio y comprendo que el Imperio está en decadencia. ¡Flandes se nos va...!

- ¡Se me da un ardite Flandes! -interrumpió- Lo único que quiero es que ese niño malcriado y estúpido no me arrebate el trono. ¡Yo llegué primero! Y tiene que ser ahora.

- Lo sé, Alteza. Como os decía, el plan es perfecto: una cacería real, una bala perdida, mejor dos -el Conde sostenía un guante en la mano desnuda y le daba vueltas mientras hablaba.

- Ahórrate los detalles, Gaspar. No me interesan. ¿Lo sabe alguien más? -el guante cayó al suelo.

- No, Alteza. Sólo vos y yo. Necesitaremos la ayuda de algún sicario. Será fácil encontrarlos en la Corte, más de uno querrá asumir el encargo.

- Bien, lo dejo en vuestras manos.

- Gracias, Alteza. Os mantendré al corriente de lo que sucede.

Se cubrió y tocó el ala del chapeo con la mano enguantada antes de salir de la habitación. La Infanta se desvisitió y se acostó en la cama. Apenas tardó unos instantes en quedarse dormida.

Al salir de la habitación, el Conde miró al chamberlán por encima del hombro y siguió su camino, esperando haber hablado lo suficientemente bajo para las paredes de palacio. Recorrió el pasillo lentamente, arrastrando los pies. ¿Por qué la única persona en el reino que me hace perder los papeles es esa maldita niña?-se preguntó.

Cuando hubo desaparecido por el fondo del corredor Mateo corrió a su dependencia y con mano temblorosa agarró una pluma. Con trazos nerviosos garabateó algunas palabras. Recorrió de nuevo el largo pasillo hasta llegar ante una pareja de guardias reales. Le entregó la nota a uno de ellos y esperó...


Las pisadas resonaban por toda la sala, impacientes, rápidas y arrítmicas. Levantaban las losas del suelo que estaban despegadas. Una pausa breve y volvían a empezar. El ruido de los zapatos se le había clavado en la mente y le hacía ir cada vez más deprisa. Súbitamente se detuvo, al sentir las bisagras de la puerta. Contuvo la respiración.

- Pasad -dijo una voz autoritaria.

Cabizbajo y tembloroso, casi queriendo confundirse con la tela del jubón, Mateo entró en la estancia.

- Contad -exigió la voz desde un rincón de las dependencias.

- Majestad, no hay nada más que contar. Lo que escuché os lo escribí en el pliego que os acaban de entregar.

- ¿Nada más?

- Nada, Majestad.

- ¿Es seguro?

- Como que vos sois el monarca de las Españas - respondió palideciendo sin levantar la vista del suelo.

- ¿Motivos?

- Los ignoro.

- Hacéis bien. El saber es un instrumento peligroso. ¿Alguien más está al tanto?

- No, Majestad.

- Podéis retiraos.

Haciendo una reverencia demasiado inclinada, el chambelán abandonó la estancia. De nuevo en el pasillo respiró hondo y miró a su alrededor. Los guardias de la puerta permanecían impasibles y eso lo puso nervioso. Salió al patio blasfemando en voz baja. No llegó a ver la sombra que había a su espalda.


Relato inspirado en el cuadro Las Meninas o La familia de Felipe IV.



Marina Montes

Periodista. Lectora voraz. Un poco friki y un mucho geek. Apasionada de las letras. A veces intento escribir cosas, pero no siempre lo consigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario